El Clon

por arancha

Dominique, con la compañía de su amigo y socio, Laurens lleva acabo diferentes rutas de montaña. El proyecto consta de ocho etapas maratonianas de ciento veintisiete kilómetros, desde Bárcena de Pie de Concha a Sotres. Si bien les resulta inevitable cruzar por las zonas urbanas de aquellos pueblos por los que transitan, aprovechan la ocasión para prestar atención a los legados culturales y a la vasta arquitectura civil y religiosa. La temperatura gélida les obliga a no bajar el ritmo. Hasta el aire que se respira parece distinto en este lugar alejado del mundanal ruido, y en donde el silencio se convierte en el mejor de los aliados.

Cesan sus pasos y miran con precisión la piedra de planta rectangular de La Casona de Tudanca. Una obra de tiempos de Felipe V. Construida con tres cubiertas a dos aguas, y una torre rectangular.

Laurens quien va medio metro por delante de Dominique, lee en voz alta: —Monumento Nacional en la categoría de Conjunto Histórico. De manera simultánea penetran en el corazón del casco del pueblo, y aunque no saben de dónde procede, escuchan muy próxima a ellos una voz modulada.

—… En Tudanca, en la trigésima edición del Certamen ‘Cuanto talento nace en Tudanca’, y, cuando son las veinte y treinta y dos horas de la noche del jueves de 1982. El jurado designado al efecto decide por unanimidad proclamar vencedor de esta edición al niño: ¡Isaac Arnillas Castañeda!

Dominique no puede evitar su condición de cazatalentos. Acelera sus pasos y deja las huellas de sus botas en la hierba del jardín de la casa. Se fija con precisión en la destreza del joven pianista. Concluye la actuación. Después de identificarse a David Otero, el director del certamen como un reputado empresario francés y director gerente de empresas de ocio y cultura, solicita una audiencia a solas en los camerinos con Isaac.

—Isaac. Te presento a Dominique. Es el director gerente de mundoespectáculos. Un señor muy importante. —le dice al oído David Otero.

Luego de departir unas breves impresiones, Dominique se despide con unos golpecitos a la cola del piano.

—Si este niño de diez años ha sido el ganador de un certamen de talentos, no quiero ni imaginarme el resto, socio. —le comenta irónico a Laurens.

La vida como autodidacta del joven pianista es la misma a lo que era antes del certamen. Su padre se dedica al sector primario de la construcción, y su madre está en paro. Por encima de cualquier otra cosa aman su tierruca del Cantábrico y de Santander. En vez de disminuir su pasión por la música, va en aumento. A pesar de que su familia no dispone de recursos económicos, él nunca ha reprochado a sus progenitores el hecho de no poder costearle los estudios de conservatorio como los otros niños del valle del Nansa. Aun así, cada verano viaja hasta Barcelona para visitar a sus abuelos maternos. Nada más colocar un pie en el exterior de la estación del AVE, implora a su abuelo Albert que lo lleve hasta el Passeig de Gràcia, en pleno centro de la ciudad. Se trata de uno de los paseos más importantes de Barcelona por su actividad turística, su ruta modernista, además de su actividad comercial. En esta vía se concentran las marcas más caras y lujosas. Por esta razón, Isaac insiste una y otra vez. Cuando Albert accede, y dado que Isaac no mide más de un metro treinta centímetros, salta y levanta la mano al vehículo negro con una franja amarilla bajo la ventana que lleva bajada la bandera.

—Buenos días. —le dice el taxista justo después de cerrar la puerta.

—Buenos días, señor de barba blanca. Por favor, Passeig de Gràcia 62. —dice el joven con todo su desparpajo al tiempo que recibe un codazo de Albert.

El taxista está muerto de la risa. No quiere romper el modo tan natural con el cual se le ha dirigido e intenta contenerse la risa.

—Hasta luego señor de barba blanca. —le dice.

Isaac va lanzado como una flecha hasta la Casa del Libro. Él pasa de largo y no se fija en el cartel de color verde con letras negras, donde reza: «Concurso de música de jóvenes talentos
Los locales son grandes, espaciosos. Aglutinan por completo cada una de las especialidades relacionadas con el mundo de la escritura, la literatura, los libros, y las editoriales en general.

—Abuelo, por favor, agarra los libros para atarme la liga. —le pide en el momento en que le deposita en las manos las más de mil doscientas páginas: la suma de los tres libros que ha comprado.

—¿Te animas? —le propone Albert apuntando el cartel con el dedo índice.

—¡Sí, sí, sí, sí! —manifiesta enloquecido.

Ha llegado la ocasión de acceder a la sala.

A Dominique no le ha dado tiempo de llegar antes lo que propicia perderse la presentación del primer intérprete. Se sienta en una silla de polipropileno de color negro con brazos y respaldo regulables. En ellos apoya una copa de cóctel de Martini. Necesita despejar como sea la congestión tan feroz que casi no le permite respirar, además de la sordera que arrastra desde que regresó de las rutas de montaña. Sin embargo, no ha querido dejar de hacer acto de presencia en el lugar. Al fin y al cabo, es un cazatalentos.

Isaac sube a las tablas instaladas para dicha oportunidad. Centra la banqueta delante del piano, y se lanza a tocar: Los Altos de Mi Tierra. Sus manos acarician las treinta y seis teclas negras y las cincuenta y dos blancas cautivado por su ilusión de convertirse en un clon de Alfred Cortot.

A Dominique se le resbala de las manos la copa de cóctel con Martini. La aceituna verde se cae al suelo. Sus miembros superiores se paralizan. Las piernas se le doblan, y la piel se le eriza y un frío le recorre todo el cuello.

—¿Dónde demonios he escuchado esta melodía? —cavila.

Hace un flashback en su mente igual que corre veloz un tren de alta velocidad. No obstante, no es capaz de averiguar por qué le resulta tan familiar.

Concluye la actuación. Sin dar tiempo a que terminen de actuar los demás intérpretes hace lo que puede por sostener de nuevo la copa. Se va hasta el camerino en el backstage. Abre la puerta con sumo cuidado y no pierde de vista a aquel chico de no más de diez años secándose la cara con la toalla.

—¡Eres tú! —Abre por completo la puerta —. ¡Eres el chico de Petanca! —le dice a Isaac.

—¡Petanca, no! ¡Tudanca! —le corrige riendo.

—Eso mismo, sí, Tudanca. —replica Dominique. —¡El chico a quien el día de los santos inocentes; el treinta de noviembre rechacé darle una oportunidad! ¡Eres tú quien lleva tatuado en ambas manos el teclado de un piano! —le revela a Isaac.

Veinte años más tarde, Dominique se sentó y dejó un paquete en una esquina de la mesa ante de pedirle a su secretaria el Dry Martini. Habían dejado un periódico en la silla junto a la mesa donde se encontraba. Dominique lo abrió, y leyó: —«Isaac Arnillas Castañedas, el mozo de Tudanca síndrome de Asperger, bautizado por el público en el Palau de la Música Catalana como el Alfred Cortot de los años noventa.»